Así podríamos titular lo ocurrido
el pasado sábado en el Camp Nou. El líder, Real Madrid, llegaba al domicilio de
su máximo rival, F.C. Barcelona, con la ventaja de 4 puntos pero con la Liga en
juego y con la moral comida por los azulgrana debido a los resultados vividos
en los últimos clásicos.
Pero algo cambió en esa vuelta de cuartos de
final de Copa en la que el Real Madrid, con el agua al cuello, por fin planteó
un partido valiente, al igual que el sábado trató de tú a tú a un equipo nada
acostumbrado a ese arrojo en sus rivales y así pudo alzarse con la victoria por
1-2. Parece que ha hecho efecto eso que todos los versados del fútbol destacan
de Mourinho, la confianza en sí mismos que impregna a sus jugadores.
Y esa confianza se vio reflejada sobre todo en
su compromiso defensivo, cuyo máximo exponente fue una vez más el coloso Sergio
Ramos, secundado por un inimaginablemente centrado Pepe. Los primeros 20
minutos de juego parecieron disputados en el Santiago Bernabéu, más que en el
feudo azulgrana por la comodidad de la que gozaban los visitantes. Con tan solo
un 27% de posesión los blancos fueron capaces de superar en ocasiones de gol y
tiros a puerta a los culés haciendo gala de sus chispazos prodigiosos, sobre
todo en los pies de un CR7 hambriento.
Del otro lado, los azulgrana
fueron la pura imagen de la impotencia. Incluso contagiado de algunos males más
propios de su eterno rival: la filtración de la alineación 6 horas antes del
inicio o los problemas personales entre entrenador y jugadores (en este caso
Piqué y Cesc). Los resultados europeos previos parecieron pesarle más que a su
rival en el Clásico.
Muchos de los pilares parecen
estar sufriendo un bajón en su estado físico: Xavi, Iniesta o Alves, entre otros;
un Messi defendido a la perfección, o un infalible Puyol, que en este caso erró,
pueden ser las claves de la derrota. Sin embargo, lo más preocupante, fue su
impotencia a la hora de crear ocasiones, incluso en los últimos 15 minutos,
cuando el resultado ya era de 1-2 en su contra, con el título prácticamente
perdido. La salida de Xavi del campo le quitó parte de su estilo. Tan solo un
tímido remate de cabeza de Cesc y un lanzamiento desde la lejanía de Mascherano
(fruto de esa desesperación citada) fueron las ocasiones que el Barça pudo
crear cuando ya tenía todo perdido.
Al menos, este partido le servirá
a buien seguro a Guardiola para no repetir errores en la vuelta de semifinales
de Champions frente al Chelsea, donde nuevamente deberá dar la vuelta a un
resultado adverso, o despedirse del título más importante de la temporada.

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